
Tal vez en la Marina Mercante enfrentamos diferencias entre marinos navales y mercantes; pero si hay un momento solidario es aquel en que un hombre de mar está en peligro. Es cuando se va más allá del deber aun a costo de la vida. Esto sucedió hace 33 años y hoy lo recordamos para que viva en la memoria de las nuevas generaciones que hoy buscan en el mar su destino. Es un pasaje de mi libro Mas allá de la Borrasca:
La última vez que visité a Jorge para concluir la historia de aquella dramática etapa de su vida, fue, una tarde fresca del mes de noviembre de 1992, primer Día de Muertos. Me recibió con su habitual amabilidad. En ese tiempo, su domicilio se ubicaba en Ciudad del Carmen, Campeche, en una zona donde reinaba un ambiente de calma, conocido por los lugareños como Playa Norte. Desde el pequeño jardín de su casa, podían verse gran número de vehículos, circulando en torno al paseo más concurrido de la isla, fecunda en antiguas historias de piratas. A lo lejos, sobre el horizonte, algunas embarcaciones se iban perdiendo mar adentro. Muchas, en busca de la zona de las plataformas marinas que explotan el petróleo en la sonda de Campeche, otras, a la pesca de camarón, actividad que en tiempos no muy remotos fuera el sustento de casi todos los pobladores del lugar.
Un detalle que no me pasó inadvertido es un pequeño altar a los muertos, que se encuentra en uno de los rincones más íntimos de la casa. En el centro del pedestal sobresale la esquela de un oficial mercante, quien fuera compañero de generación y amigo de Jorge. Al pie de aquella, está escrito: “Como un homenaje a Simón Saldaña, jefe de máquinas de la Marina Mercante Nacional”. En esta casa, como en la de todos los marinos mexicanos, subyacía la tristeza y la pesadumbre por el trágico hundimiento del remolcador “Pemex 32”, en el que murieron en cumpli- miento del deber catorce marinos petroleros. Desde la Segunda Guerra Mundial que en el devenir de la flota petrolera, no se escenificaba un percance de esta naturaleza.
La fatalidad empieza a tejer su trama allá a mediados de septiembre de 1992 en la línea que separa el verano del otoño, después del día 25, cuando el remolcador PEMEX 32 que dependía de Coatzacoalcos salió para apoyar una patrulla de la Armada de México que yacía varada sobre los bajos de Antón Lizardo, frente al puerto de Veracruz Durante varios días la nave se mantuvo en la ruda maniobra hasta que desistió ya que los fuertes vientos del norte le obligaron a entrar a puerto. Una vez que el viento amainó, el capitán Alberto Reyes Pérez El Tiburón, como se le conocía en toda la flota petrolera, se hizo a la mar de nuevo y retomó la maniobra .Dicen que el Norte recobró su fuerza, por lo que todas la patrullas de la Armada de México regresaron a Veracruz. Él se quedó a capotear el mal tiempo. Tomó como referencia que en Tampico ya había bajado su fuerza. Datos tomados de la última comunicación que sostuvo el remolcador con el capitán del Buque Tanque Vicente Guerrero, Samuel Aguilar que servía de enlace con la jefatura de operaciones, indican que estaba fallando un generador y que aún con la orden de entrar a puerto se quedó en el mar considerándolo menos riesgoso debido a que si viraba el rumbo la fuerte marejada podía hundir la embarcación.
Alberto era un marino muy experimentado, nativo de Tampico. Se había fogueado como capitán de los caza huracanes, como llamaban a los remolcadores PEMEX , 38,39 y 40 que salían a la mar precisamente en tiempos de Norte para auxiliar a las barcazas Reforma y Revolución de la Perforadora México. Perdieron contacto dos días con la embarcación y después en el café la Parroquia se comentó que no se sabía nada del remolcador lo que conmocionó a los directivos y fue clave para una condena pública. Al día siguiente Se inició un operativo de búsqueda y rescate y por la tarde se develó la incógnita: un naufrago, único sobreviviente llega a la Gerencia y pidió hablar con los jefes. Subió y lo cobijaron en el más absoluto secreto. Durante el día poco a poco el mar fue arrojando por diversas partes a los difuntos, trece en total, el único cuerpo que nunca fue encontrado fue el del Capitán. De ahí surgieron temerarias especulaciones de que el Capitán no estaba abordo. De que la nave no estaba en condiciones de navegar. Los deudos enardecidos reclamaron justicia por diversos medios a la luz de supuestas revelaciones filtradas desde adentro. Y el ánimo persecutorio de una Procuraduría General de la República alimentado por los grupos de poder que perviven dentro de PEMEX lo que arruina la vida de cinco funcionarios para concluir lo que todo mundo sabe: fue un desafortunado accidente marítimo surgido de los riesgos propios del mar:

Gloria y Paz a los marinos mercantes que han dado su vida por los demás
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